jueves, 20 de octubre de 2022
La vida en más de 140 caracteres... (de la serie: Inventario)
martes, 22 de febrero de 2022
Cuadritos de gelatina con rompope.... (de la serie Los años maravillosos)
Muchos días del año al salir de la escuela nos íbamos a la casa de los primos, esa casa vieja que adquirieron los bisabuelos cuando por fin se pudieron establecer en la Ciudad de México. Sobre una avenida que con la llegada de la "modernidad" se convertiría en eje vial, pasábamos las tardes cuatro niños con mucha energía, dos mamás muy jóvenes, la abuela y al principio de los años la bisabuela y el bisabuelo, aquellos viejos que nos enseñaron un chorro de cosas, antes de que se fueran de manera permanente a Cuatla (Bitácora de viaje...).
Ubicada en una zona "popular" el nombre de la colonia te decía mucho de su origen: granjas...(algo), no importaba, la casa tenía lo necesario para divertirse horas y horas y horas..: un pequeño jardín delantero donde se podía jugar con la tierra; un patio sin techar donde cabía un automóvil, dos puertas de acceso: una al fondo que era la entrada a la cocina y otra a un costado que era la entrada a la sala: un pequeño patio trasero con una especie de bodega que nunca supe que tenía adentro - de hecho esta covacha ha sido motivo de unos de esos sueños recurrentes en el que su interior te llevaba a otras habitaciones secretas...-; un techo alto que permitía tener una azotea de una altura considerable, con una ventaja: te conectaba fácilmente a la casa de a lado en donde las vecinas eran dos niñas que ocasionalmente se incorporaban a nuestras tardes (como nota al pie, después de que vendieron la casa, los nuevos dueños construyeron un piso más y cuarto en la nueva azotea cuya puerta de entrada daba a la nada. Sí, esas costumbres extrañas chilangas que en este link Costumbres raras... pueden seguir)
Como ven, queridos y queridas, para unos niños era un palacete.
Pues bien, entre las actividades que había que hacer era ir al mercado. Para quienes no conocen, en la Ciudad de México existen espacios establecidos en las colonias con el objeto de ofrecer alimentos y demás enseres a precios, digamos populares: es decir el Perisur del pueblo.
La verdad es que la única razón por la que nos gustaba acompañar a los adultos al mercado era por que había un solo puesto que vendía gelatinas, y si bien había de todos los sabores y presentaciones, lo que más nos gustaba eran los cuadritos de sabores que te vendían en una bolsa a la cual le podrías además pedir que le pusieran rompope...
Sí ya sé, pero por alguna razón los adultos nos permitían a los niños tomar rompope...
Es en serio, pero esta es otra historia.
Hace dos entregas les platicaba de los placeres simples (Imágenes...) y comer cuadritos de gelatina con rompope es uno de esos recuerdos de la infancia que no se pueden olvidar. Quizá tenga que ver con la evocación a un lugar feliz en la memoria; o tal vez a la relación de la gelatina en la familia:
En algún momento de la vida mi abuela materna (mi hermosa mamá Chabela) vendió gelatina; y la familia de mi papá -sus abuelos y en algún momento él con sus hermanos- también tuvieron un puesto en el mercado de Peralvillo donde vendían gelatina... en cuadritos y con rompope.
En fin, todo esto porque a mis 43 años disfruto del dulce postre y apenas está semana en casa preparamos los famosos cuadritos.
¿Ustedes gustan?
---Alexred---
jueves, 6 de enero de 2022
Inicio de año... (de la serie Life goes on)
Hay algunas cosas -que a simple vista parecerían superficiales- que me emocionan mucho.
Estrenar una libreta de bolsillo es una de ellas... más si coincide con el año nuevo o mi cumpleaños.
Básicamente tiene que ver con la necesidad de escribir las cosas que pienso o leo para que no se escapen -al menos algunas- y se pierdan en el universo infinito de mi mente; y es que todo el tiempo está a mil por hora y de pronto genera buenas ideas que no me gusta desperdiciar.
Es un hábito que fui creando hace ya algunos años -bastantes años-, cuando después de la universidad (mi primera carrera) retomé otro viejo hábito, el de la lectura de todo lo que se me pusiera enfrente, y entonces me daba por cargar siempre con un bolso de mano que contenía -al menos- un libro, un diccionario en español (a veces otro en inglés o francés) una pluma, banderitas -nunca me gustó rayar los libros- y sí, una libreta... Allá iba yo cargando con mi bolso todo el tiempo, porque además, tampoco nunca me ha gustado traer cosas en las bolsas de la ropa.
Debo tener unas 15 libretas. Las primeras dos fueron cuadernitos de espiral; hasta que un día encontré unas libretas Moleskine de pastas blanda y dura y con hojas blancas, de colores rojo o negro -aunque debe haber azules-. No es mi intención hacer un comercial, solo establezco un hecho para lo que estoy contando...
En todas estas libretas hay citas de libros; sucesos importantes o impactantes; impresión de sueños; tareas pendientes; alguna que otra cuenta; guiones para los videos o para presentaciones como maestro de ceremonias, etcétera. A veces me he despertado en la noche con una idea que después se convierte en historia.
También he dejado de usarla por largos periodos. O sea, una cantidad de recuerdos de casi la mitad de mi vida.
Es tan representativa de mí, que algunas personas cercanas me han regalado libretas de bolsillo. Regalos que valoro mucho por venir de quienes lo han hecho; aunque debo confesar que las uso poco porque no me acostumbro a escribir en una libreta que no haya escogido yo o que sea diferente a esta -básicamente por maniático-. Incluso he intentado hacerlo en libretas electrónicas y el resultado ha sido el mismo. No puedo.
Eso sí, todas las conservo con cariño y ahí están: en espera de que en algún momento me ayuden a conservar mi memoria.
Por ejemplo, ahora mismo, la idea era escribir solo los objetivos a alcanzar en este año que inicia: 2022. Seguro lo haré, pero mientras ya me seguí con esta historia que ha salido así, de la nada.
Y permítanme invitarles-ya saben que aquí no le decimos a nadie qué hacer-, queridas y queridos lectores, a realizar un ejercicio similar.
Detenerse un momento a pensar qué hacer durante los siguientes 360 días nos proporcionará una luz que seguir. Nos ayuda a fijar un rumbo, pues.
No se deje sorprender o amedrentar por aquellas personas que se burlan de los que hacemos este ejercicio al inicio del año, recuerde usted que si bien el tiempo es un constructo cultural, humano, también es cierto que las vueltas al sol son reales y que generan ciclos que, a su vez, generan vida o impactan en el desarrollo de la misma.
Así que, hágame el grandísimo favor de disfrutar su año; seguro habrá altibajos, así es la vida; y yo mientras le agradezco el favor de su atención y ya le platicaré sobre los objetivos que me estoy planteando para este año.
---Alexred---
P.S.
¿Por qué no me platica aquí en los comentarios cuáles son algunos de sus objetivos? Uno nunca sabe quién nos puede ayudar...
jueves, 25 de noviembre de 2021
Reflexiones de sobremesa... (de la serie Reflections of my life)
Hace unos días, en la sobremesa de un desayuno (que empezó un domingo a las dos de la tarde ¡ja!) con la cuatitud -en serio amigos, amigas de toda la vida- alguien le preguntó a otro alguien cuál era su religión; la respuesta fue "soy católic_, pero no practico desde hace muchos años...", entonces quien preguntó volvió a hacerlo: -"¿y no es más honesto decir que no tienes religión?".
Ahí brinqué yo...
No me voy a meter, querida lectora, querido lector, al tema que se estaba discutiendo civilizadamente en ese momento, y no porque piense que hay temas que no se deben discutir, al contrario, todo es discutible; me voy a referir al contenido de la segunda pregunta porque me parece que es parte de un problema de la sociedad en general (además de que lo hago sin ánimo de ofender a ninguna de las personas que ahí estaban, a quienes por cierto les envío mi cariño que saben suyo).
Una vez aclarado el punto, continuo:
Desde mi punto de vista, este tipo de preguntas, así planteadas, conscientes o no, llevan una trampa. Me explico, la primera pregunta es concreta y directa, clara; fue respondida de manera contundente con un extra; y fue revirada con otra pregunta que llevaba un argumentación falaz: la pregunta "no es más honesto decir que no tienes religión", buscaba ganar un debate en una discusión con mayor contenido.
Porque, corríjanme si piensan que me equivoco (que para eso también esta el espacio para comentarios), pero incluso sin contexto, la respuesta -insisto- fue directa y contundente, clara y respondía perfectamente a la primera pregunta, sin dejar lugar a la duda, o sea, no hay ambigüedad ni vaguedad, incluso dio un extra en la información.
Le decía a mi amig_ que me parecía que su pregunta solo era formulada para que le respondieran algo específico, diferente a la primera pregunta y que la respuesta obtenida no le proporcionaba.
Ojo, no esta mal, al final en cualquier discusión (entendida como el intercambio de ideas con el objeto de establecer una posición y que ésta parezca mejor que cualquier otra), pacífica o no, la gente quiere ganar, tener la razón; es parte de la naturaleza humana y el lenguaje es una herramienta -la principal- para lograrlo.
Sin embargo, hago esta reflexión porque en la actualidad vivimos un clima de polarización social que cada vez menos admite los puntos medios o la graciosa concesión al otro -no solo en México, esto pasa en el todo el mundo-.
Queremos ganar avasallando, pasando por encima de quien se ponga en frente, porque nos gusta tener la razón, imponerla y vencer...
El problema es que pasa en todos los niveles, yo les acabo de describir una plática entre personas a las que les une una gran amistad, no pasa nada; pero justo hace menos tiempo, en una conferencia especializada en temas jurídicos, que incluyó Teoría del Estado y Teoria de la Democracia -entre otras-, un compañero hacia una pregunta sobre un tópico político actual, conduciendo a una única respuesta, aun cuando el tema (debatible) está bajo el estudio constitucional del máximo órgano estatal encargado de ello.
Es decir, se formula una pregunta con alto contenido de posiciones personales de tal modo que se entienda que la respuesta, no solo del panelista, sino del propio proceso judicial debiera ser acorde con lo que se está preguntando... ¿solo yo veo la trampa?
Esto en cualquier ámbito es peligroso, pero me preocupa cuando me doy cuenta que sucede en foros profesionales y académicos. Porque, seamos sinceros y generalicemos -asumiendo el riesgo que esto implica-: todo el mundo espera de las personas que tienen una educación superior o mayor -como es el caso del último ejemplo- un procesamiento de las ideas mejor que el de las personas que no lo tienen; y el hecho de que no sea así, complica mucho la discusión de los asuntos públicos. Porque -sigo insistiendo- todos quieren (o queremos) ganar y no se dan cuenta -me parece- que la vida no es un juego de suma cero. Aunque la polarización social en el mundo insista en presentar ese tablero.
En fin, ojalá podamos todos recordar siempre que la vida es un gran círculo cromático en donde los diferentes tonos de grises y sus extremos son apenas unos pequeños puntos en el universo y los más importante es aprender a vivir con ello...
---Alexred---
miércoles, 27 de octubre de 2021
Imágenes... (de la serie Life goes on...)
Es muy difícil de pronto, entender el camino que te traza la vida.
A la distancia, recordar aquellas decisiones que fueron marcando la ruta que me ha traído aquí - o al menos algunas de ellas- por sí solas parecen pasos sencillos...
Hoy, sentado puerta de la casa donde vivo -mi casa, en tanto que aquí vivo- me doy cuenta de la "sencillez -así, entre comillas- de la existencia mientras alimento a una hermosa gatita callejera a la mitad de la noche.
Lo que más me impresiona de este preciso momento, es la tranquilidad con la está sucediendo (quienes me conocen saben que no es tan común), que comparado con la vorágine de imágenes que se me vienen a la cabeza, el contraste es particular, peculiar.
Pero todo esto me ha llevado a recordar una escena de una película más o menos famosa, en la que el protagonista después de un periplo por medio mundo -es literal- encuentra a la persona que está buscando: un fotógrafo muy famoso que en ese momento está tras la foto de un felino sumamente extraño que habita las montañas más lejanas y que solo alguno humanos han visto. Mientras están conversando, el fotógrafo le dice a su visitante que observe a través de la cámara, ahí en la lejanía, un hermoso animal posando sin saberlo, para una gran toma. Sin embargo, el fotógrafo no acciona la cámara y cuando el protagonista le pregunta por qué no lo hace, él responde más o menos así: muchas veces no tomo la foto, hay imágenes que prefiero guardar en mi memoria, para mí...
Esa es la vida. García Márquez escribió en sus memorias que la vida no es como fue, sino como uno la recuerda.
Me pasa seguido -este es uno de esos momentos-. Ayer, por ejemplo, platicaba con uno de mis mejores amigos, compañero de batallas, de vida, que revisando unos archivos personales encontré unas fotos donde están conversando su mamá y su papá -ambos fallecieron uno tras otro en menos de un año, ¡curiosas y trágicas maneras que tiene el amor para manifestarse!- la imagen la vi como si la estuviera viviendo otra vez: ella más bajita que él mirándolo con atención devota, fijamente como para no perder ningún detalle de los gestos que hace mientras él va declamando cada frase con la cadencia exacta para que ella las escuche más allá de sus miradas, en un vals íntimo, privado, donde no importa quién está alrededor.
Los vi por unos segundos y me guardé la imagen, cuando apreté el obturador el momento importante ya había pasado, en la capturas que tomé solo quedó el eco de ese diálogo entre dos personas que a pesar del tiempo se amaban.
No hay manera de imprimir eso en nada.
Por eso es que este momento me lo voy a guardar. Solo quedará el registro a través de estas líneas de que hoy pasó algo importante, al menos para mí y para esta gatita.
Esa es una buena señal.
---Alexred---
lunes, 4 de enero de 2021
Tiempos humanos... (de la serie Misantropías pasajeras)
Son tiempo perros, o al menos eso dicen; y no sé por qué si los perros son criaturas espectaculares. Sin embargo, así dicen y seguro hacen referencia a los malos ratos que pasan los perros callejeros, solo que hay una diferencia: ellos no se buscaron sus penurias, prácticamente nosotros se las provocamos... así como muchas de las nuestras a nosotros mismos.
Y en esta diferencia está lo importante, no deberían llamarse tiempos perros, sino tiempos humanos.
Si de pronto -estimado lector- esta usted leyendo esto en el año 2021 o después, lo felicito por que es usted un sobreviviente...
Cuando cumplí 30 lo primero en que pensé -en serio- fue que brincaba la estadística y me felicité por ser un sobreviviente -me dije- hasta de mi propias pendejadas. No imaginaba yo que en la suma de lo aprendido entre los quince y los treinta y la etapa de la que se supone se comienza a forjar la mayor madurez mental -y física-, los siguientes diez años se convertirían tan solo en un entrenamiento táctico para lo que viviríamos ahora, y parecería que no es suficiente.
Hoy, en enero de 2021, nadie puede siquiera hacer una quiniela de lo que se aproxima. El 2020 dejó un daño irreparable en nuestras almas, vacíos inquietantes, alarmas imposibles de apagar, porque además de todo -y por si fuera poco- la emergencia internacional, específicamente el maldito virus, nos amenazó a todos de tantas y tan variadas maneras que era imposible no ser alcanzado: un familiar muy cercano, una amiga, un amigo, la vecina, uno mismo, un negocio, un trabajo, mil, millones... una masacre.
Y detrás de todo la angustia -y seguramente, dolor- podemos ver que un fenómeno de tal envergadura es imposible de determinar cuándo pasará con exactitud, aunque al mismo tiempo sepamos, por pura probabilidad, que es inevitable que suceda, pero también nos hemos dado cuenta que, aún en los lugares donde se presume hay más dinero -sí, allá donde siempre los que más tienen lo han tenido siempre- los sistemas de salud han sido desmantelados y sus gobiernos han sido incapaces de recibir a los contagiados y contener la muerte o, al menos, retrasarla. De ahí para abajo por qué tendríamos que esperar mejores condiciones.
Y ésta es la tragedia que se suma al saldo que ha dejado el triunfo de nuestra especie en la Tierra; es nuestro Apocalipsis zombi, son los tiempos humanos en los que nos enfrentamos a nosotros mismos y a la destrucción que hemos dejado en el camino.
Porque, contrario a nuestra naturaleza -social- el remedio es enclaustrarnos o de menos, distanciarnos, alejarnos lo suficiente para asegurar la supervivencia de todos los regímenes en el mundo; y en otras circunstancias quizá sería una buena solución, pero hasta antes de la pandemia, cuántos de nosotros estábamos acostumbrados, ya no programados, para pasar tiempo en casa; ahora pasamos de destruirnos en la calle a destruirnos en el seno de un hogar que nunca ha existido... ésta es otra tragedia, la de las masas, la de todos los estratos.
Debo confesar que hoy vi a algunas personas con las que hablo siempre y veo seguido (una de ellas se contagió hace poco) y las abracé, eso no pasó en ocho meses y no pasará en otro tanto; quiero pensar que aun conservo la esperanza de que las cosas cambien y pueda hacer lo mismo con mis seres más cercanos pronto... muy pronto.
Estimado lector, querida lectora, aquí como en la vida, no todo es oscuridad, celebro que haya llegado hasta aquí y le reitero mi felicitación por que hemos sobrevivido a una pandemia -ésta-, pero no hace mucho sobrevivimos a otra. Quizá es hora de reflexionar y cambiar las reglas de nuestra habitación en el planeta Tierra, o al menos la cohabitación con nuestros semejantes primero, y con el entorno después, pero aquí nunca ha sido mi intención decirle que hacer -suponiendo como lo hago, que alguien me lea-, así que le deseo que siga disfrutando de su vida y la de sus cercanos...
---Alexred---











